Antes de la llegada de los españoles, los pueblos originarios, principalmente los huarpes, contaban historias que explicaban fenómenos naturales y enseñaban valores a la comunidad. Una de las leyendas más emblemáticas es la del origen del río Mendoza, que se decía era la sangre de un espíritu protector del valle que se sacrificó para dar vida a la tierra y garantizar la fertilidad de los cultivos. Asimismo, los cerros y montañas de la región eran considerados moradas de espíritus guardianes que protegían los valles y castigaban a los intrusos o a quienes faltaban el respeto a la naturaleza.


 Otra figura central era la Pachamama, la madre tierra, que se veneraba a través de rituales y ofrendas; se creía que los espíritus de la montaña influían en la lluvia, la cosecha y la abundancia, y que cualquier ofensa podía traer sequías, enfermedades o desgracias.


 Estas historias se contaban en torno al fuego y se transmitían oralmente, reforzando la identidad colectiva y la conexión con el paisaje natural.