La vida rural y la vitivinicultura mendocina también dieron origen a numerosas leyendas. Entre ellas se encuentra el fantasma de las bodegas abandonadas, que protege el vino o advierte sobre robos; los trabajadores rurales cuentan que, en noches de luna llena, se escuchan cantos y risas en los viñedos, atribuibles a almas que cuidan la cosecha. Los cerros y cuevas de la región son escenario de relatos sobre brujos y encantamientos que influyen en la producción, el clima o el bienestar de los animales. Estas leyendas reflejan la importancia del trabajo agrícola y la conexión espiritual que los habitantes sienten con la tierra, reforzando la identidad cultural de los campesinos y su respeto por la naturaleza.
El Futre:
Un fantasma elegante y sin cabeza, vestido con ropas de época, que se aparece en la montaña y pregunta por dinero robado. Esta figura fantasmal es una versión local del jinete sin cabeza y deambula por la zona de Uspallata y Puente del Inca.
Relata la historia de Elcha, una princesa que se enamora de un joven de su propia tribu pero es forzada a casarse con otro. La leyenda cuenta que ella y su amado intentan escapar, y el lugar guarda una historia de amor trágica.
El Pozo de las Ánimas:
Describe cómo un grupo de guerreros, al borde de la rendición, vieron cómo una fuerza divina abrió el suelo bajo sus captores, salvándolos. Desde entonces, se dice que en las noches sin luna se escuchan lamentos en el lugar, que los lugareños llaman "el agua que se abre paso".
La Luz Mala:
Es una leyenda sobre almas que perdieron la vida de forma injusta, son enterradas fuera de un cementerio y salen a pedir justicia. Los supersticiosos aconsejan rezar y morder la vaina de un cuchillo al verla, e incluso clavar un puñal si se porta un arma blanca, ya que las armas de fuego son inútiles.